-MEMORIA-

LAS TRES MUERTES DE MARCELINO

Marcelino ha muerto tres veces.

marcelinoUna fue la de su muerte física, cuando su corazón dejó de latir el día 29 de octubre de este año. La segunda muerte fue la puesta en escena ante las cámaras y los medios para la multitud de espectadores y consumidores de este país, ignorantes de gran parte de la trayectoria vital de este viejo comunista, sindicalista y combatiente.

Dos frases y una imagen fueron armas homicidas en esta segunda muerte. Esas frases que le conmemoran como inventor del sindicalismo moderno y como un buen hombre impulsor de la reconciliación nacional. Y esa imagen, sucesión de imágenes, en la que príncipes, presidentes, ministros y neofranquistas aspirantes a, se personaban ante el féretro para asegurarse de que estuviera bien muerto, o en todo caso para impedir cualquier intento de resquebrajar el muro de olvido impuesto a este país durante y después de la transición.

Y fueron armas de muerte esas frases, estas imágenes, porque el compañero Marcelino, que fue compañero siempre, enfundado en sus eternos jerséis tejidos por la mano de su mujer, no representa para nada el modelo de sindicalista moderno, profesional, burocratizado, desconectado de la realidad precarizada de la mayor parte de la clase trabajadora.

La tercera muerte de Marcelino tal vez no sea suya únicamente. Con él parece morir una generación, de la que apenas debe quedar un puñado de nonagenarios. Cuando se produjo el alzamiento militar contra la República, Marcelino Camacho ayudó a los ferroviarios Sorianos a cortar el avance fascista. Se había unido al PCE un año antes y desde ese día se convirtió en uno de esos imprescindibles a quienes canta el conocido poema.

Han pasado más de 70 años y esa generación que defendió armas en mano la supervivencia de la II República y siguió luchando en las condiciones más duras, sufriendo exilio, represión, tortura, encarcelamientos reiterados, se está apagando. Cómo no sentirnos huérfanos en un mundo que ha destruido sistemáticamente su memoria. Apelar a ellos como padres fundadores de este país sin historia parece una broma grotesca.

La genialidad de quien impulsa la fundación de las comisiones obreras dentro del sindicato vertical franquista, siempre desde una perspectiva de clase y apelando a la democracia y a la acción colectiva de los trabajadores, no la pueden eclipsar la mediocridad de los burócratas de hoy.

Ante su féretro, un viejecito que comparte con el tres veces muerto algo más que un vínculo generacional, se acerca con el bastón en una mano y la bandera roja en la otra. Despacio, venciendo el temblor del equilibrio, levanta el puño para despedir a su compañero Marcelino Camacho. Un gesto ignorado por los medios, ávidos de frases tan grandilocuentes como vacías.

Nosotros, comprometidos con la tradición de la que forma parte este gran luchador, intentaremos mantener viva su memoria y su ejemplo en cada uno de nuestros gestos.